Construida inicialmente por Ignacio Peña hacia 1850 y concluida por Adolfo Vázquez Moreno a fines de siglo XIX, la casa se yergue al borde del barranco del río Tomebamba, en Cuenca formando parte de una de las facetas más espectaculares de la ciudad patrimonial.
Luego de recibir la casa en muros, Adolfo Vázquez construyó la personalidad estética de la edificación, importando, como era habitual en la época, elementos decorativos de Alemania, muebles de Francia, cristales de Bélgica y utlizando la más selecta mano de obra local para la elaboración de las ventanas, balcones y celosías de madera que ornamentan los vanos de la parte social.
A pesar de lo peculiar de su emplazamiento, la casa responde a los esquemas de las casonas señoriales del siglo XIX. Las habitaciones se despliegan en torno al patio y al traspatio. Sin duda, la parte más importante es la planta alta con sus espacios sociales y privados: comedor, recibidor, salón principal con bellos balcones hacia la calle y los dormitorios.
Pese a que fue dividida en dos predios en 1952, la casa mantiene su personalidad. Su fachada se organiza en seis vanos en dos niveles, ricamente engalanados y con marcos ornamentales que sugieren la presencia de elementos pictóricos que, según sus propietarias, nunca se ejecutaron. Pero si hacia el exterior existen elementos que plantean interrogantes, el interior refleja una sorprendente combinación de color, formas y decoraciones. Las ventanas de líneas moriscas o venecianas, se complementan con edículos barrocos que enmarcan los vanos interiores. El patio está vigilado por poderosas ménsulas, las cuales, al igual que las puertas y otros elementos, han sido tratadas con técnicas de ‘marmoleado’ para enaltecer su espíritu. En el comedor, el recibidor y el ingreso se observa pintura mural auténtica.
El escrupuloso cuidado que Cecilia Toral Vázquez y Maruja Toral Ventimilla, sus actuales propietarias, han tenido para la conservación de esta casa, la convierten en un singular ejemplo de una casa ‘viva’ que mantiene su uso como residencia. El hermoso salón, cubierto con papel tapiz ornamentado con pan de oro y coronado con impecables cielos rasos metálicos, sugiere un mundo que parece haberse atrapado en el tiempo, transportándonos a la mundana atmósfera cultural de la Cuenca del XIX, la de los exportadores de toquilla y de quinina, tan cercana al mundo estético y literario europeo de la época.